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Escrito por: adminsp
03/03/2010 12:57 p.m. 

Desde su introducción al panorama literario de nuestro país, Etgar Keret ha fascinado a los lectores con su particular estilo que se mueve entre lo cómico y lo trágico. Es capaz de plasmar situaciones completamente absurdas y límite, a partir de los más nimios eventos cotidianos. En esta ocasión, presentamos en exclusiva dos textos breves que giran en torno al nacimiento de su hijo. En el primero, la emoción del parto se ve minada por coincidir en el hospital con heridos de un ataque terrorista, en tanto que en el segundo Keret dilucida en torno al complejo futuro de su hijo, ya contenido en ciernes en la criatura de dos semanas que tiene frente a sí.

Los lectores constatarán que ni un evento tan importante logró evitar que Keret lo abordara con la aguda irreverencia que lo caracteriza.

De repente, lo mismo

Etgar Keret

 
 
 
−Detesto con toda el alma los ataques terroristas −dijo la enfermera delgada a la mayor−. ¿Quieres un chicle?.
La mayor toma uno y asiente. −¿Qué se puede hacer? −dice−. También odio las emergencias.
−Es distinto de las emergencias −insiste la delgada−. No tengo problemas con los accidentes y las cosas que pasan. Te digo que son los ataques terroristas. Ensombrecen todo.
Mientras estoy sentado fuera del pabellón de maternidad, pienso para mis adentros, Tiene algo de razón. Llegué aquí hace apenas una hora, emocionado a más no poder, con mi esposa y un taxista obsesionado con la pulcritud que, cuando se rompió la fuente de mi esposa, temió que se arruinaran las vestiduras de sus asientos. Y ahora estoy sentado en el vestíbulo con pesadumbre, conforme espero que el personal regrese de la sala de emergencias. Todo el mundo excepto las dos enfermeras se dirigió a atender a la gente herida en el ataque. Hasta las contracciones de mi esposa disminuyeron el ritmo. Quizá incluso el bebé sienta que todo este asunto de nacer ya no es tan urgente. Unos cuantos de los heridos ruedan frente a mí en chirriantes camillas. En el taxi de camino al hospital mi mujer gritaba como una loca, pero esta gente esta muy callada.
−¿Eres Etgar Keret? −me pregunta un tipo con una camisa a cuadros−. ¿El escritor? −Asiento con indecisión. −¿Quién lo iba a decir? −dice, mientras extrae una pequeña grabadora de su bolso−. ¿Dónde estabas cuando sucedió? −pregunta. Cuando dudo por un instante, dice con un dejo de empatía−: Tómate tu tiempo. No te sientas presionado. Acabas de pasar por una situación traumática.
            −Yo no estuve en el ataque −explico−. Sólo estoy aquí por casualidad. Mi mujer va a dar a luz.
−Oh −dice, sin intentar ocultar su decepción, y aprieta el botón de stop en su grabadora−. Mazel tov. −Se sienta a mi lado y enciende un cigarro.
−Quizá deberías de intentar hablar con alguien más −sugiero en un intento por alejar de mi rostro el humo de los Lucky Strike que fuma−. Hace un minuto vi cómo llevaron a dos personas a neurología.
−Rusos −dice con un suspiro−. No hablan una palabra de hebreo. Además, está prohibido entrar a neurología. Éste es mi séptimo ataque en este hospital, y ya me sé de memoria su rutina. −Permanecemos sentados un instante sin hablar. Es como diez años más joven que yo pero empieza a quedarse calvo. Cuando me sorprende mirándolo, sonríe y dice−: Lástima que no estuviste ahí. La reacción de un escritor hubiera sido buena para mi artículo. Alguien original, alguien con un poco de visión. Después de cada ataque, siempre obtengo las mismas respuestas: «De pronto, escuché una explosión»; «No sé lo qué sucedió»; «Todo estaba bañado en sangre» ¿Cuántas del estilo puede soportar uno?
−No es su culpa −digo yo−. Lo que pasa es que los ataques son siempre iguales. ¿Qué se puede decir de original sobre una explosión y muertes sin sentido?
−Yo no sé −dice con un encogimiento de hombros−. Tú eres el escritor.
Algunas personas con batas empiezan a regresar de la sala de emergencias, de camino hacia el pabellón de maternidad. −Tú eres de Tel Aviv −me dice el reportero−, ¿por qué veniste hasta este basurero para tener a tu bebé?
−Queríamos un parto natural; el departamento de aquí…
−¿Natural? −interrumpe, con una risilla−. ¿Qué tiene de natural un enano con un cable que cuelga de su ombligo saliendo de la vagina de tu esposa? −Ni siquiera hago un esfuerzo por responder−. Yo le dije a mi esposa −continúa−, «Si alguna vez das a luz, va a ser por cesárea, como en Estados Unidos. Yo no quiero que un bebé eche a perder tu figura». Hoy en día, sólo en países primitivos como éste la mujer da a luz como los animales. Yallah, me voy al trabajo. −Al tiempo que comienza a levantarse, lo intenta por última vez−: ¿Quizá de todas maneras puedas decirme algo sobre el ataque? −pregunta−. ¿Hizo que algo cambiara para ti? Digamos, el nombre que vas a ponerle a tu bebé o algo por el estilo. −Sonrío disculpándome. −No te preocupes −dice con un guiño de ojo−. Ojalá todo salga bien, amigo.
Seis horas después, un enano con un cable que cuelga de su ombligo sale de la vagina de mi esposa y comienza a llorar de inmediato. Intento calmarlo, convencerlo de que no hay nada de qué preocuparse. De que para cuando crezca, los problemas del Oriente Medio se habrán arreglado: la paz llegará, no habrá más ataques terroristas e incluso si muy de vez en cuando se produce uno, siempre existirá alguien original, alguien con un poco de visión a la mano para describirlo perfectamente. Se queda callado por un instante y piensa cuál será su siguiente paso. Se supone que tiene que ser inocente −después de todo, es un recién nacido−, pero ni siquiera él me lo cree. Tras un segundo de vacilación y un pequeño hipo, vuelve a empezar a llorar.
 
Texto publicado originalmente en el New York Times el 12 de abril de 2006.

 

Gran bebé
 
Etgar Keret
 
 
Cuando era niño, mis padres me llevaron a Europa. Lo mejor del viaje no fue el Big Ben ni la Torre Eiffell, sino el vuelo de Israel a Londres; en específico, la comida. En la bandeja había una pequeña lata de Coca-Cola y, a su lado, una caja de cornflakes apenas un poco mayor que una cajetilla de cigarros.
            Mi sorpresa ante los paquetes miniatura no se convirtió en genuina emoción hasta que las abrí y descubrí que la Coca sabía igual que la Coca de las latas normales y que también los cornflakes eran de verdad. Es difícil explicar de dónde provino en realidad aquella excitación. Se trataba sólo de un refresco y de un cereal en empaques mucho más pequeños, pero a mis siete años, estaba seguro de que presenciaba un milagro.
Y hoy, treinta años después, sentado en mi habitación en Tel Aviv mientras miro a mi hijo de dos semanas, tengo justo la misma sensación: he aquí a un hombre que no pesa más de cinco kilos, pero por dentro está molesto, aburrido, asustado y sereno, como cualquier otro hombre del planeta. Si se le viste con un traje de tres piezas, se le pone un Rolex y se le envía hacia el mundo, negociará, batallará y cerrará tratos sin siquiera parpadear. Es cierto que no puede hablar. También que se moja como si no hubiera mañana. Soy el primero en admitir que tiene que aprender un par de cosas antes de que pueda ser lanzado al espacio sideral o que pueda pilotar un F-16. Pero en principio, es una persona completa envuelta en un empaque de 19 pulgadas, y no es cualquier persona, sino una muy extrema, un excéntrico, todo un personaje. El tipo de persona que se respeta pero no se comprende del todo. Porque, como toda gente compleja, sin importar su estatura o peso, tiene muchas facetas.
Mi hijo, el iluminado: como alguien que ha leído bastante sobre budismo y que ha escuchado dos que tres conferencias impartidas por gurús, y que incluso una vez tuvo diarrea en la India, tengo que decir que mi bebé es la primera persona iluminada que haya conocido. En verdad vive en el presente: nunca guarda un rencor, nunca teme el futuro. Está libre de todo ego. Nunca trata de defender su honor o llevárse el crédito por nada. Por cierto, sus abuelos ya le abrieron una cuenta de ahorro, y cada vez que mece su cuna, el abuelo le cuenta sobre la excelente tasa de interés que le consiguió y sobre cuánto dinero, con una inflación anticipada de un solo digito, obtendra en 21 años cuando se venza el plazo de la cuenta. El pequeño no responde nada. Pero después el abuelo calcula los porcentajes contra la tasa de interés de referencia, y advierto que unas pequeñas arrugas aparecen en la frente de mi hijo; las primeras grietas en el muro de su nirvana.
Mi hijo, el adicto: quiero pedir disculpas a todos los adictos y adictos en recuperación que puedan leer esto, pero con todo respeto hacia ellos y su sufrimiento, ninguno le llega a los talones a mi hijo. Como todo verdadero adicto, no tiene las mismas opciones que los demás en lo relativo al pasar de su tiempo libre; las familiares elecciones de un buen libro, una caminata vespertina o los playoffs de la NBA. Para él, sólo hay dos alternativas: un pecho o el infierno. «Pronto descubrirás el mundo; las chicas, el alcohol, las apuestas clandestinas por internet», le digo, tratando de reconfortarlo. Pero hasta que eso suceda, ambos sabemos que sólo el pecho existirá. Por suerte para él, y para nosotros, tiene una madre equipada con dos. En el peor de los casos, si uno se descompone, queda otro de repuesto.
Mi hijo, el psicópata: en ocasiones, cuando me despierto de noche y veo su pequeña silueta temblando junto a mi en la cama como un juguete que agota sus baterías, produciendo extraños sonidos guturales, no puedo evitar compararlo en mi imaginación con Chucky en la película de horror Juego de niños. Tienen la misma estatura, el mismo temperamento, y ninguno considera que nada sea sagrado. Eso es lo verdaderamente inquietante de mi hijo de dos años: no tiene un ápice de moralidad. Le dan igual el racismo, la desigualdad, la insensibilidad, la discriminación. No le interesa nada más que sus impulsos y deseos inmediatos. En cuanto a él hace, el resto de las personas se pueden ir al demonio o unirse a Greenpeace. Lo único que quiere en este momento es un poco de buena leche o un alivio a su pañal ensuciado, y si es necesario destruir el mundo para conseguirlo, muéstrenle qué botón hay que oprimir. Lo hará sin pensarlo un solo segundo.
Mi hijo, el judío que se autodesprecia…
−¿No crees que ya es suficiente? −interviene mi esposa−. ¿No sería mejor si en vez de conjurar acusaciones demenciales contra tu adorable hijo hicieras algo útil y lo cambiaras?
−Esta bien −le respondo−. Está bien, sólo estaba terminando.
 
Texto publicado originalmente en el New York Times el 16 de abril de 2006.
 
Traducción del inglés de Eduardo Rabasa

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2 comentarios hasta ahora…

Re: <i><strong>De repente, lo mismo</i> y <i>Gran bebé</i> por Etgar Keret</strong>

¿Qué puedo decir? Etgar Keret es sólo una de las tantas maravillas que he conocido desde que leo la excelente revista de spdistribuciones, sólo que últimamente no la he conseguido, me urge suscribirme, ¿cómo le hago? De verdad, desde ahora me declaro fan de Keret.

Por Alejandra Quezada Ramírez el   27/04/2010 08:26 p.m.

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Por Fernanfo Real,United Nations,UN el   21/06/2011 03:58 a.m.

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