Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain, fue autor de una extensísima obra, entre la que destacan sus populares novelas Las aventuras de Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer. Este año, la Universidad de California y el Mark Twain Papers Project publicaron un libro de material completamente inédito de Twain
El privilegio de la tumba
Mark Twain
Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain, fue autor de una extensísima obra, entre la que destacan sus populares novelas Las aventuras de Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer. Este año, la Universidad de California y el Mark Twain Papers Project publicaron un libro de material completamente inédito de Twain, entre el que se encuentra el ensayo que aquí reproducimos. Con su habitual ironía y sentido del humor, Twain demuele una de las piedras angulares de la república norteamericana de su tiempo: su preciada libertad de expresión. Encuentra que en la práctica es inexistente ya que existen poderosos mecanismos gregarios para inhibirla, y es un privilegio exclusivo de los muertos, quienes pueden expresar sus opiniones impopulares desde el más allá, sin temor a las represalias políticas y sociales que de manera inevitable acarrean consigo.
El que la ocupa tiene un privilegio del que carece cualquier persona viva: la libertad de expresión. El hombre vivo en realidad no está falto de este privilegio −en sentido estricto−, pero como lo posee simplemente como vacuo formalismo, y sabe que en realidad no puede ejercerlo, no puede considerarse en serio como una posesión real. Como privilegio activo, se cuenta junto con el privilegio de asesinar: podemos ponerlo en práctica si estamos dispuestos a aceptar las consecuencias. El asesinato está prohibido tanto en forma como de hecho; la libertad de expresión es concedida en forma pero prohibida de hecho. Ante la percepción común ambos son crímenes, y todas las naciones civilizadas les guardan un odio profundo. El asesinato se castiga a veces, la libertad de expresión siempre, cuando se ejerce. Que es muy rara vez. No se producen menos de cinco mil asesinatos por una expresión libre (que sea impopular). Esta negativa a emitir opiniones impopulares es justificada: el costo de pronunciarlas es demasiado elevado; puede arruinar a un hombre en su negocio, le puede costar sus amigos, puede someterlo al insulto público y al vilipendio, puede ocasionar el ostracismo de su inocente familia y convertir su hogar en un lugar odiado, no visitado y solitario. Una opinión impopular sobre política o religión yace escondida en el pecho de cada persona; muy a menudo no sólo una sino varias. Entre más inteligente sea el individuo, mayor será la carga de este tipo de opiniones que lleve consigo, y que se guarde para sí. No existe una sola persona −incluidos el lector y yo mismo− que no posea caras y celebradas convicciones impopulares que el sentido común le impida pronunciar. En ocasiones suprimimos una opinión por razones que hablan bien de nosotros, no mal, pero es más a menudo que suprimimos una opinión impopular porque no podemos permitirnos el amargo costo de enunciarla. A nadie le gusta ser odiado, a nadie le gusta ser rechazado.
Un resultado natural de estas condiciones es que, de manera consciente o inconsciente, ponemos más atención para alinear nuestras opiniones con las del vecino y preservar su aprobación, que la que prestamos a examinar las opiniones de manera exhaustiva y asegurarnos de que sean acertadas y sólidas. Esta costumbre produce naturalmente otro resultado: como la opinión pública nace y se cultiva a partir de este plan, en realidad no es ninguna opinión, es simple política; detrás de ella no hay reflexión alguna, ni principios, y no merece ningún respeto.
Cuando un programa político completamente nuevo y no probado antes se presenta ante el pueblo, la gente se pone inquieta, ansiosa, tímida y durante un tiempo se vuelve muda, reservada y no se compromete. No es que la gran mayoría esté estudiando la nueva doctrina y formándose un juicio sobre ella, sino que está esperando ver cuál será el veredicto popular. Hace tres cuartos de siglo, cuando comenzó la agitación antiesclavista en el Norte, no encontró simpatizantes. La prensa, el púlpito y casi todo el mundo adoptó una postura de indiferencia. Fue a causa de la timidez, del miedo a expresarse y a ser detestable, y no de una aprobación de la esclavitud o falta de compasión por el esclavo; todas las naciones, como el estado de Virginia y yo mismo, no son excepciones a esta regla; nos unimos a la Confederación no porque quisiéramos, porque no queríamos, sino porque queríamos estar dentro de la corriente. Tan sólo es una ley de la naturaleza y la obedecimos.
Es el deseo de pertenecer a la corriente lo que hace que los partidos políticos sean exitosos. No hay algún motivo superior −en la mayoría de los casos−, excepto en los casos en que la adhesión a un partido proviene de que el padre de uno era miembro. El ciudadano promedio no estudia las doctrinas partidistas, y con toda razón: ni él ni yo podríamos comprenderlas jamás. Si se le pidiera que explicara −de manera inteligible− por qué prefiere alguno de los patrones monetarios al otro, su esfuerzo sería vergonzoso. Lo mismo con los aranceles. Es igual con cualquier otra gran doctrina política; ello porque los problemas difíciles abundan en todas las grandes doctrinas políticas −problemas que están muy fuera del alcance del ciudadano promedio. Y no resulta sorprendente, ya que también están fuera del alcance de algunas de las mentes más lúcidas de la nación; a pesar de todo el alboroto y lo que se dice, no se ha demostrado de manera concluyente que alguna de esas doctrinas sea la adecuada y la mejor.
Cuando un hombre se une a un partido, lo más probable es que permanezca en él. Si cambia de opinión −quiero decir, de sentimientos−, lo más probable es que se quede ahí de todas maneras; sus amigos pertenecen a ese partido, por lo que se guardará para sí mismo su sentimiento modificado y hacia fuera manifestará el que en privado rechaza. En esos términos es que puede ejercer su privilegio norteamericano de libertad de expresión, pero en ningunos otros. Estos desdichados se encuentran en ambos partidos, pero no podemos adivinar en qué proporciones. Por lo tanto, jamás sabremos qué partido en realidad fue apoyado por la mayoría en una elección.
La libertad de expresión es el privilegio de los muertos, el monopolio de los muertos. Pueden expresar sus ideas con honestidad sin ofender. Somos compasivos con lo que manifiestan los muertos. Quizá no estamos de acuerdo, pero no los insultamos, no los injuriamos, puesto que sabemos que ya no pueden defenderse. Si pudieran hablar, ¡qué revelaciones habría! Ya que encontraríamos que en cuestiones de opinión ningún finado era exactamente lo que aparentaba en vida; que por miedo, o por un sabio cálculo, o por su reticencia a herir a sus amigos, se guardó para sí mismo algunos puntos de vista que este pequeño mundo no sospechaba, y que se los llevó a la tumba sin pronunciarlos. Y esto conduciría a los vivos a una dolorosa y arrepentida comprensión del hecho de que ellos están teñidos por la misma brocha. Se darían cuenta de que en el fondo ellos, y naciones enteras también, en realidad no son lo que parecen, y nunca lo serán.
Es difícil encontrar a alguien que no quisiera revelar estos secretos; sabemos que no podemos hacerlo en vida, así que, ¿por qué no hacerlo desde la tumba y obtener esa satisfacción? ¿Por qué no escribir estas cosas en nuestros diarios, en vez de hacerlas a un lado con discreción? ¿Por qué no las plasmamos y dejamos los diarios detrás, para que nuestros amigos los lean? La libertad de expresión es una cuestión deseable. Lo sentí en Londres, hace cinco años, cuando los simpatizantes Boer −hombres respetables, que pagan sus impuestos, buenos ciudadanos y con tanto derecho a sus opiniones como cualesquiera otros− fueron linchados en sus reuniones, y sus oradores maltratados y bajados del estrado por otros ciudadanos que diferían de sus opiniones. Lo he sentido también en Estados Unidos cuando hemos echado montón en asambleas e insultado a los oradores. Y en especial lo siento cada una o dos semanas, cuando quiero publicar algo que una fina discreción me dice que no debo. En ocasiones mis sentimientos están tan inflamados que necesito tomar una pluma y verterlos sobre papel para impedir que me calcinen por dentro; entonces toda esa tinta y esfuerzo se desperdician, porque no puedo publicar el resultado. Recién terminé un artículo de este tipo, y me satisfizo por completo. Le hace bien a mi maltrecha alma leerlo, y le permite contemplar los problemas que me traería a mí a mi familia. Lo dejaré detrás y lo pronunciaré desde la tumba. Ahí sí hay libertad de expresión, y ningún perjuicio para la familia.